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Historia de la Educación de Adultos
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Historia de la Educación de Adultos
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El origen de la educación de adultos en la sociedad occidental hay que buscarlo en el siglo XVIII, concretamente en dos países anglosajones: Inglaterra y Estados Unidos.

Todas las acciones desarrolladas en este sentido se llevaban a cabo de forma privada y tenían como fin elevar el nivel cultural de sus conciudadanos. También desde algunas instituciones eclesiásticas –iglesia anglicana y metodista- se desarrollaron acciones encaminadas a enseñar la lectura, la escritura y el cálculo.

Habrá que esperar a la Revolución Francesa para encontrar una preocupación por la enseñanza del adulto desde el plano político: El «Rapport» que presentó Condorcet a la Asamblea Legislativa el 21 de abril de 1792 exponía las líneas maestras de la enseñanza primaria, sin olvidarse de la educación de adultos. Según el mismo, sería el maestro quien los domingos daría una conferencia pública dirigida a personas de todas las edades, cuyo contenido, además de abordar lo relacionado con la moral trataría también las leyes nacionales, para de esta forma acabar con la ignorancia del ciudadano en cuanto a sus derechos y forma de ejercerlos.


Será a lo largo de todo el siglo XIX cuando, en algunos países de Europa se vayan generalizando las clases para adultos por la noche, así como los domingos, impartidas por los maestros de niños y encaminadas a que los adultos adquirieran nociones elementales de gramática y cálculo.

En el caso de España, podemos decir que hasta finales del siglo XVIII se estuvo a la altura de otros países europeos, entrando en declive en la etapa de 1808 a 1840, a causa de las guerras, la inestabilidad política y la crisis económica.

En España, la Educación de Adultos se implanta legalmente con la Ley Moyano, de 9 de septiembre de 1857, en cuyo artículo 106 reza: «El Gobierno fomentará el establecimiento de secciones de noche o de domingo para los adultos cuya instrucción haya sido descuidada o que quieran adelantar en los estudios». Tras esta ley, se producen diversas puestas en práctica de educación de adultos, llevadas a cabo por la iglesia, organizaciones obreras y otras sociedades –universidades populares-; la mayoría de estas experiencias fracasaron por la falta de realismo con que acometieron su tarea.

En la etapa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, las nuevas ideas socialistas y anarquistas preludían la necesidad de una formación técnica e intelectual para que el obrero pudiera emanciparse como clase. Así mismo, cabe hablar de un reformismo burgués para promocionar e integrar al obrero, promovido por sociedades benefactoras y filantrópicas.

Durante el siglo XX, en España destacan una serie de disposiciones legales referentes a la formación de las personas adultas:

Real decreto de 4 de octubre de 1906, cuyo artículo 19 establece que junto al maestro, en las clases nocturnas de adultos, debería colaborar alguna personalidad del pueblo (farmacéutico, médico...) en calidad de invitado. La idea fracasó por falta de colaboración y de buen planteamiento educativo.

Por el real decreto de 31 de agosto de 1922, se creó la Comisión Central para combatir el analfabetismo. Por otro de 25 de septiembre de 1922, se pusieron en marcha clases para alumnos de doce a dieciocho años.

Un decreto de 29 de mayo de 1931 –II República- puso en marcha el Patronato de Misiones Pedagógicas, al tiempo que por otro decreto de 7 de agosto de 1931 se organizó el servicio de bibliotecas para generalizar la instrucción popular.


Tras el parón que se produce durante la guerra civil, se reavivó el interés por retomar las clases para adultos, y, así, la Ley de 17 de julio de 1945 establecía la obligatoriedad de asistencia a clase de aquellos adultos que no tuvieran certificado de estudios primarios. La medida no tuvo mucho efecto al no haber un seguimiento del riguroso cumplimiento de dicha ley, sin embargo era paradójica la recompensa que Franco concedía a aquellos maestros que le enviaban una carta con veinte neo-firmantes que agradecían lo que se hacía con ellos en el campo de la enseñanza.

 

La política de buenas intenciones en la educación de los adultos continúa con el Decreto de 10 de marzo de 1950, por el que se creó la Junta Nacional Contra el Analfabetismo, cuyos esfuerzos pro-alfabetización de adultos tampoco surtieron efecto.

En los años sesenta, con un 11,2 % de analfabetismo (según el Instituto Nacional de Estadística), parece que había disminuido el analfabetismo; sin embargo, la cifra era bastante engañosa, puesto que los cuestionarios que se utilizaron los rellenaban los propios encuestados, cuya tendencia a negar esta situación es ya sabida.

Durante los años setenta, y ante la necesidad de poner en marcha los Planes de Desarrollo, urge que el obrero sea capaz, siquiera mínimamente, de leer las instrucciones de las máquinas. Ello lleva consigo que se ponga en funcionamiento el plan para la Promoción Profesional Obrera (del Ministerio de Trabajo) y la Formación Profesional Acelerada (por la Organización Sindical). A estas medidas se unió la Campaña Nacional de Alfabetización (1963), que planteaba que el trabajador debía ser capaz de asimilar, reelaborar y escribir aquello que leía.


Es con la orden del 28 de julio de 1973 (BOE del 1-8-73) por el que se crea el programa de Educación Permanente de Adultos (E.P.A.). En él se contempla que el adulto reciba una enseñanza equivalente a la E.G.B. Así los ocho cursos de la E.G.B. se refundirían en tres niveles: el primero, de técnicas de lectura y escritura, al que le seguía el del certificado de estudios básicos, y un tercero con una equivalencia al graduado escolar.

Estas enseñanzas las impartían profesionales tras su jornada escolar, en las aulas escolares que anteriormente habían sido ocupadas por los niños. Posteriormente, se produce una evolución y se pasa al nombramiento de maestros con dedicación exclusiva a la educación de adultos, unas veces en los mismos locales escolares y otras en lugares habilitados para este único cometido.

Con los nuevos ayuntamientos democráticos (1979), resurgen las universidades populares (siglo XIX), dedicadas tanto a la educación de adultos como a la animación sociocultural. Junto a ellas, se han ido desarrollando actuaciones por parte de profesionales del M.E.C., quienes, actuando bajo la condición administrativa de "comisión de servicio", han dedicado su jornada laboral al desarrollo, investigación y potenciación de la educación permanente de adultos. Llegamos así al Título tercero de la L.O.G.S.E. en el que se hace referencia a esta enseñanza, siendo de destacar el punto 2 del artículo 51, en el que establece los objetivos que tendrá la educación de las personas adultas:

“A) Adquirir y actualizar su formación básica [la del adulto] y facilitar el acceso a los distintos niveles del sistema educativo.

B) Mejorar su cualificación profesional o adquirir una preparación para el ejercicio de otras profesiones.

C) Desarrollar su capacidad de participación en la vida social, cultural, política y económica".

La LOCE 10/2002, de 23 de diciembre en su Título III, articulo 52: “La educación permanente tiene como objetivo ofrecer a todos los ciudadanos la posibilidad de formarse a lo largo de toda la vida, con el fin de adquirir, actualizar, completar y ampliar sus capacidades y conocimientos para su desarrollo personal o profesional”

Por último, la Ley Orgánica de Educación 2/2006, de 3 de Mayo, también recoge las enseñanzas de adultos en el Capítulo IX, Título I (Las Enseñanzas y su Ordenación).

 

 

 

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